¿Cuándo una palabra puede caer en la “maldad”? ¿Existe la bondad lingüística?
Una vez, Fontanarrosa planteó la pregunta de que si las palabras son malas porque les pegan a otras o porque son de mala calidad. Sería muy útil analizar la segunda cuestión. Pero, ¿a qué nos referimos con “calidad”? Es lógico que no significa que las palabras se desintegrarán literalmente como lo hacen algunas hojas de libros de mala calidad editorial. Sin embargo, sí podríamos designar “calidad” a la utilidad, a la finalidad, a la adecuación e incluso a la intencionalidad apelativa que se le quiera dar a las palabras.
Durante mucho tiempo hemos contado con un grupo de términos “marginados” y “obligados” a habitar el Mundo Inmoral, el Reino del Mal. No se necesitan nombrarlas, pero sí voy a tomar (o retomar algo ajeno) la palabra “carajo” para reforzar mi idea. Ésta, en principio, tenía una utilidad que el paso del tiempo le hizo perder. (Digo perder porque, si bien su significado fue ampliado con una acepción, la gente hoy en día al oírla sólo piensa en una mala palabra, e incluso la vincula o liga a una estrella televisiva.)
Frente a esto, notamos que las palabras van tomando un sentido que muchas personas rechazan. Pero hay que destacar que no son tan autónomas como para adquirir nuevos usos por su cuenta. Entonces quienes no aceptan estos cambios, tampoco admiten a quienes los producen. Por lo tanto, diríamos que las modificaciones no deberían hacer de un conjunto de letras complejo un pequeño demonio lingüístico.
Volviendo a la calidad y siguiendo con lo anterior, tampoco considero apropiado que los nuevos términos y acepciones reemplacen a los originales, ya que la diversidad debe enriquecer y fortalecer nuestra lengua. Por eso, retomando el ejemplo del libro, podríamos compararlo con las palabras y decir que no es necesario que nuestro vocabulario se “desintegre” (y nuestros ideales tampoco) por el uso de novedades en nuestro idioma. Es esto lo que pasa con los libros; son desintegrados o reemplazados por tecnologías y libros “vacíos”, o en “blanco”. ¿Por qué? ¿Por mala calidad? ¿O por una base sociocultural de “calidad”, inestable y manipulada por agentes corrosivos como la “humedad”, las “polillas” y el “fuego”, que deshacen nuestros patrimonios culturales? Por todo esto debemos ser cautelosos (no cerrados y dogmáticos) a la hora de aceptar cambios y términos.
También existen las malas expresiones, que dependen pero no son causa directa de las palabras. Esto es observable en una conversación entre adolescentes, donde se usan palabras desconocidas para los hablantes o invención de términos mientras se subestiman frases “cultas” o “sofisticadas”.
Para concluir cabe decir que las palabras malas no existen sino que algunas pueden ser desubicadas o descontextualizadas y otras veces manipuladas-manipuladoras. También es preciso destacar que tampoco hay palabras buenas o buenas palabras.
Con lo que debo concluir que los términos son o deberían ser, a la manera kantiana, herramientas “moralmente neutras”. Deben coincidir con lo que se exige y con lo que nosotros, nuestro impulso desea transmitir; pero cuidándonos de no caer en un laissez faire extremista.
Una vez, Fontanarrosa planteó la pregunta de que si las palabras son malas porque les pegan a otras o porque son de mala calidad. Sería muy útil analizar la segunda cuestión. Pero, ¿a qué nos referimos con “calidad”? Es lógico que no significa que las palabras se desintegrarán literalmente como lo hacen algunas hojas de libros de mala calidad editorial. Sin embargo, sí podríamos designar “calidad” a la utilidad, a la finalidad, a la adecuación e incluso a la intencionalidad apelativa que se le quiera dar a las palabras.
Durante mucho tiempo hemos contado con un grupo de términos “marginados” y “obligados” a habitar el Mundo Inmoral, el Reino del Mal. No se necesitan nombrarlas, pero sí voy a tomar (o retomar algo ajeno) la palabra “carajo” para reforzar mi idea. Ésta, en principio, tenía una utilidad que el paso del tiempo le hizo perder. (Digo perder porque, si bien su significado fue ampliado con una acepción, la gente hoy en día al oírla sólo piensa en una mala palabra, e incluso la vincula o liga a una estrella televisiva.)
Frente a esto, notamos que las palabras van tomando un sentido que muchas personas rechazan. Pero hay que destacar que no son tan autónomas como para adquirir nuevos usos por su cuenta. Entonces quienes no aceptan estos cambios, tampoco admiten a quienes los producen. Por lo tanto, diríamos que las modificaciones no deberían hacer de un conjunto de letras complejo un pequeño demonio lingüístico.
Volviendo a la calidad y siguiendo con lo anterior, tampoco considero apropiado que los nuevos términos y acepciones reemplacen a los originales, ya que la diversidad debe enriquecer y fortalecer nuestra lengua. Por eso, retomando el ejemplo del libro, podríamos compararlo con las palabras y decir que no es necesario que nuestro vocabulario se “desintegre” (y nuestros ideales tampoco) por el uso de novedades en nuestro idioma. Es esto lo que pasa con los libros; son desintegrados o reemplazados por tecnologías y libros “vacíos”, o en “blanco”. ¿Por qué? ¿Por mala calidad? ¿O por una base sociocultural de “calidad”, inestable y manipulada por agentes corrosivos como la “humedad”, las “polillas” y el “fuego”, que deshacen nuestros patrimonios culturales? Por todo esto debemos ser cautelosos (no cerrados y dogmáticos) a la hora de aceptar cambios y términos.
También existen las malas expresiones, que dependen pero no son causa directa de las palabras. Esto es observable en una conversación entre adolescentes, donde se usan palabras desconocidas para los hablantes o invención de términos mientras se subestiman frases “cultas” o “sofisticadas”.
Para concluir cabe decir que las palabras malas no existen sino que algunas pueden ser desubicadas o descontextualizadas y otras veces manipuladas-manipuladoras. También es preciso destacar que tampoco hay palabras buenas o buenas palabras.
Con lo que debo concluir que los términos son o deberían ser, a la manera kantiana, herramientas “moralmente neutras”. Deben coincidir con lo que se exige y con lo que nosotros, nuestro impulso desea transmitir; pero cuidándonos de no caer en un laissez faire extremista.
1 comentarios:
Chicos: reitero mi visto bueno sobre el texto, pero les pido que cambien el título del blog por otro que tenga más que ver con ustedes, ya que lo vamos a utilizar como una carpeta virtual a partir de ahora. Nos vemos el lunes. Un beso
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